Si las mujeres hubieran escrito los libros,
estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma
porque ellas sabes que se les acusa en falso.
C.P
Épistre au dieu d´amours (1399)
Había una vez una doncella sumamente afortunada llamada Cristina. No, no era una princesa, pero hubiera podido pasar debido a la crianza a la que se hizo acreedora gracias a la privilegiada posición de su padre, Tommaso de Pizzano, nada menos que el astrólogo del rey Carlos. Veneciano de origen, don Tommasso había llegado a aquel palacio a orillas del Sena, llevando de la mano a una encantadora criaturita, su hija, que conquistó a los cortesanos con su simple presencia. Nacida en Venecia en el año 1364, Cristina, al igual que su padre, modificaría su apellido para integrarse de lleno a la corte francesa, y el italiano “de Pizzano”, que significa “oriundo de Pizza”, se transformó en “de Pizán”. No obstante, su futura escritura manifestaría una gran influencia italiana, concretamente de Dante, su escritor más amado.
Sobre su padre escribiría la doncella, atribuyéndole dicho comentario a Derechura, personaje creado por ella misma: “Tu padre (Cristina), gran sabio y filósofo, no pensaba que por dedicarse a la ciencia fueran a valer menos las mujeres. Al contrario, como bien sabes, le causó gran alegría tu inclinación hacia el estudio. Fueron los prejuicios femeninos de tu madre los que te impidieron durante tu juventud profundizar y extender tus conocimientos, porque ella sólo quería que te entretuvieras en hilar y otras menudencias (…) (La ciudad de las damas, Siruela, Traducción de María José Lemarchand, 2001, p. 199). Del rey Carlos no podía tener Cristina la menor queja, mucho menos de su consorte, la reina Juana de Borbón que la trataba con afecto de madre. En aquel ambiente no encontró Cristina la menor dificultad para consagrarse a su mayor pasión: el estudio de las letras, la cual llevó a cabo sin sobresaltos (como no fueran los llamados a cenar de su madre a quien le asustaba que su hija no se limitara a las lecturas pías) en una casa cerca del Palacio de Saint-Pol, una de las residencias de los Valois en París. No extrañen tales aficiones en una doncella cuyo padre era hombre de ciencia y cuyo abuelo materno era nada más y nada menos que el anatomista Mondino de Luzzi. Pasaba sus días y sus noches revoloteando en la cada vez más nutrida Bibliotéque Royale, ligeramente escandalizada con el retrato que de las mujeres hacían sus autores favoritos y con los cuales no se sentía identificada en lo absoluto, pues de tonta no tenía un pelo, y de frívola, menos. Por si todo lo anterior no bastara, la doncella contrajo matrimonio a los quince años, por decisión propia y no en un compromiso arreglado como solían ser la mayoría, con el notario del rey, de veinticuatro, Etienne du Castel, que además de apuesto jamás le estorbó en su pasión por las letras, más aún, le enseñó su oficio, por lo que Cristina terminaría convertida acaso en la primera abogada de la historia. Sobre su amado esposo, diría Cristina a través de Derechura: “(…) Hay maridos malos, pero los hay honrados, excelentes y prudentes. Las mujeres que se los encuentren han nacido con buena estrella y deben agradecer al cielo tanta felicidad. Esto lo sabes muy bien (Cristina) por tu propia experiencia porque tuviste tan buen marido que no podrías haber elegido otro mejor (…)” (p. 171).
Como se ha leído entre líneas, el haber recibido muchas más bendiciones que el común de las mujeres de su tiempo, no impidió a Cristina sensibilizarse ante las penurias de sus congéneres, por lo que desde temprana edad enfocó todos sus esfuerzos, tanto artísticos como intelectuales, a mejorar las condiciones de vida de las mujeres, víctimas de una serie de prejuicios ancestrales que las condicionaban a la eterna sujeción y a un enclaustramiento estéril, es decir, desprovistas de esos elementos de superación personal que son los libros. Todo lo anterior hace de nuestra doncella la primera feminista de la historia, aunque el término se haya acuñado hasta mediados del siglo XIX, en Inglaterra. Cada vez más inconforme con la imagen que de sí misma pretendían devolverle sus autores amados, particularmente los griegos (Ovidio y Aristóteles, por ejemplo), Cristina se dedicó a buscar en sus mismas lecturas a mujeres ejemplares cuya mención bastara para revertir los malignos estereotipos de la feminidad y sin duda debió maravillarle descubrir, a través de Horacio, que al morir Platón encontraron bajo su almohada los cantos de Safo, como bien deja asentado en La ciudad de las damas, considerada su obra emblemática, no traducida al inglés y holandés sino hasta finales del siglo XX. La primera traducción al español, dada a conocer hasta el XXI, se la debemos a Marie José Lemarchand, quien en sus notas a la edición que nos ocupa nos sorprende al aseverar que si bien procuró modernizar el texto sin desvirtuar su sentido original, tuvo que omitir términos que nos sonarían excesivamente modernos. A este libro, le seguiría El tesoro de la ciudad de las damas (1405), libro de consejos para mujeres.
La diosa Fortuna, a la que Cristina alude con el mismo resentimiento con que nos referiríamos a un amigo ingrato, habría de jugarle una mala pasada: muere su poderoso protector, el rey Carlos, cuyos sucesores, si bien no la reprimieron, tampoco le prestaron mayor atención. A continuación vendría el deceso de su amado padre y, tras diez años de dichoso matrimonio, la peste que asoló a París en 1389 se llevaría a Ettienne dejando a su viuda desconsolada y desprotegida, con dos niños a su cargo. La viuda del notario habría de ingeniárselas para sacar adelante a su prole o, como dice no tan metafóricamente en uno de sus poemas: “(…) de mujer me convertí en varón/ por la fortuna que así lo quiso/ así me transformó ella, cuerpo y espíritu/ en un hombre natural, perfecto…”, y lo único que sabía hacer era escribir. En ese sentido, Cristina de Pizán sería precursora en más de un sentido pues en una época en la que todavía se estilaba que el autor dictara a un secretario o escriba, esta dama medieval cogería ella misma la pluma y se retiraría a una habitación a escribir sus propios textos, es decir: cuatro siglos antes de que Virginia Woolf reflexionara sobre la necesidad de que la mujer creadora tuviera un espacio personal de creación, Cristina ya se había hecho de uno. Esto, en cierto modo, hace de ella también una editora. A decir de Banca Garí, Cristina es la primera escritora feminista porque es la primera que escribe desde la experiencia de su cuerpo de mujer. Pero hay más: Cristina de Pizán se convertiría en el primer escritor profesional de la historia, es decir, el primero en obtener ventajas económicas de su talento. Con ella se funda un rincón del hogar desconocido hasta entonces: el estude. Dice Lemarchand: “(…) el “estudio” de Cristina corresponde también a una innovación arquitectónica que marcó un nuevo estilo de vida para una sociedad que empezaba a valorar la privacidad. Hacia finales del siglo XVI se va aislando del resto de las salas del castillo al menos una cámara donde retirarse (…)” En esa reclusión escribiría Cristina La ciudad de las damas, publicada por primera vez en 1404.
En la citada obra, dividida en tres libros, una agobiada Cristina que empieza a sentirse avergonzada de su propio sexo tras estudiar concienzudamente las versiones que sobre él aportan los autores, es visitada por tres distinguidas damas: Razón, Derechura y Justicia. Ellas la invitan a participar de la construcción de la ciudad de las damas, y mientras Cristina levanta fortalezas, sus nuevas amigas refrescarán su memoria respecto al interminable desfile de féminas, reales y ficticias, que contradicen a los autores misóginos: artistas, heroínas, santas, reinas, inventoras, etcétera. Un recurso muy semejante al que emplearía nuestra Sor Juana en Primero sueño y Sombra fugitiva, dos siglos después: “Anda- le dice Derechura a Cristina, arquitecta de la Ciudad de las Damas-, mezcla con tinta este mortero y usa sin reparos esta argamasa, porque yo te proveeré con gran cantidad de ella y gracias a la virtud divina, avanzando a grandes trazos a tu bien templada pluma, pronto acabaremos la construcción de los altos palacios y hermosas mansiones, donde podrán residir siempre las damas de gran fama y mérito a quienes van destinadas.” (p. 155).
Pero la labor a favor de su oprimido sexo no se restringió al terreno escrito: Cristina echó mano a los conocimientos de derecho legados por Ettienne para defender, hasta donde le fue posible, a las mujeres víctimas de lo que hoy llamaríamos “violencia doméstica”. A decir de Lemarchand se convirtió en una “campeona”, según el concepto medieval que pudiera entenderse, en términos posmodernos, como defensora de los derechos humanos. Se convirtió en una polemista muy admirada que desde el púlpito, al estilo clerical, exhortaba a los hombres a valorar el potencial de sus mujeres y aprender a verlas como lo que realmente eran: sujetos y no objetos: “(…)si la palabra femenina fuera tan despreciable y de tan escasa autoridad como pretenden, jamás hubiera permitido nuestro Señor que fuera precisamente una mujer quien anunciara su Resurrección; así lo hizo con María Magdalena el día de Pascua, cuando le ordenó que llevara la noticia a Pedro y a los demás apóstoles. ¡Bendito seas, Dios mío, por haber querido que, además de los infinitos dones con los que colmaste al sexo femenino, fuera una mujer la mensajera de tan extraordinaria nueva!” (p. 85). Cristina fue, además, la más apasionada defensora de una valerosa doncella caída en desgracia: Juana de Arco. Fue además la primera biógrafa de la santa en vida de esta, titulada Dechado sobre Juana de Arco, mientras languidecía en una mazmorra, condenada a la hoguera. En dicho libro, publicado en 1429, se lleva a cabo un diálogo entre la doncella y la dama que la consuela y agradece su acto patriótico que nadie ha sabido comprender, y podría ser interpretado por un genuino tratado feminista. La ciudadanía es uno te los temas en los que más profundiza este texto, haciendo alusión a la represión de los poderes eclesiásticos y monárquicos, que dificultaban sobremanera que una mujer desarrollara un criterio propio, por lo que había que valerse de los resquicios que acusaban dichas leyes. Para entonces Cristina, ya recluida en un convento donde prosiguió su incansable labor literaria, reflexionaría sobre la enorme ventaja que representa la reclusión para una mujer de genio. A veces el convento era preferible, particularmente para las que, como Cristina de Pizán, deseaban cultivar el espíritu y el intelecto, dos entidades fuertemente vinculadas en su tiempo. “Dios les ha dado (a las mujeres) (…) una hermosa inteligencia que puede aplicar si quieren, a cualquiera de los campos donde se ejercitan los hombres más ilustres. No son ni más ni menos accesibles para ellas, si quieren estudiar y ganarse la fama con un trabajo honrado.” (p. 12).
Todo lo anterior no significaba que fuera ciega a los vicios y defectos de ciertos ejemplares femeninos, como sería el caso de Isabel de Baviera, a la que si bien pondera en La ciudad de las damas, junto con otras contemporáneas como sería la pintora Anastasia, ilustradora oficial de los libros de Cristina, posteriormente increpará públicamente cuando la soberana organiza un gobierno rival al de su hijo, traiciona a su esposo con el Duque de Orleáns y se adhiere a la causa de los borgoñeses que era casi tanto como aliarse con los peores enemigos de los franceses: los ingleses, contra quien se emprendería la llamada Guerra de los Cien Años: “(…) no me ocuparé de las mujeres malas porque no representan la naturaleza femenina, sino su perversión.” (p. 172).
Del mismo modo que los autores ofrecían sus obras moralizantes a las damas de alta alcurnia como una forma de invitarlas a enmendar su conducta, Cristina de Pizán ofreció La ciudad de las damas al duque de Borgoña y a Juan sin Miedo, esperando hacerles reflexionar sobre su errónea postura respecto al sexo femenino. Otro enorme logro de nuestra heroína, no obstante su enaltecimiento a las damas disfrazadas de caballeros y de frailes que emprendieron hazañas propias de un varón en los terrenos bélico, intelectual y espiritual, fue que nunca recurrió al travestismo para hacerse escuchar, admirar y respetar. Sus sermones, se dice, eran tan intensos, bien argumentados y geniales, que ningún varón se atrevió a rebatirla jamás. Los lectores actuale podrán cuestionarle su excesivo énfasis en nombrar la castidad femenina como una de las mayores virtudes, pero leámoslo a la luz de su tiempo y no del nuestro, donde existe la posibilidad de evitar embarazos y enfermedades venéreas: las relaciones sexuales no hacían sino acarrearle problemas, cuando no verdaderas tragedias, a las mujeres. Y los problemas, sabemos bien, no hacen sino distraernos del trabajo intelectual.
Autora de un tratado militar que habría de impresionar vivamente a Enrique VIIII de Inglaterra, Libro de los hechos de armas y de caballería, Cristina realizó asimismo traducciones de obras varias y redactó manuales didácticos, que en buena medida contribuyeron al sustento de su familia. Fue además copista. Entre sus obras se cuenta Cartas de la querella de la novela de la rosa (1398-1402), donde airada pero firmemente rebate los conceptos misóginos de Jean de Menú, autor de La novela de la rosa, romance del siglo XIII, por lo que habría de convertirse, otra vez, en la primera polemista y crítica literaria. Cristina de Pizán moriría en 1430, en el monasterio de Poissy. Durante algún tiempo parte de su obra fue atribuida a Giovanni Bocaccio, hasta que en 1786 se recuperó la autoría de los quince volúmenes de los que consta su obra completa.