domingo, octubre 22, 2006

ATENCION ASIDUOS DE "LA TRENZA DE SOR JUANA"

Querid@s lector@s
Debido a una serie de graves problemas técnicos, les anuncio que a partir de esta semana "La trenza de Sor Juana" cambia de dirección. Les suplico ir directo a www.la-trenza-de-sor-juana.blogspot.com para su consulta. La anterior dirección, www.evetrenzas.blogspot.com será dada de baja.
Cualquier duda pueden escribirme a evelinamaria@gmail.com Con gusto responderé sus mensajes,
muchas gracias
eve

viernes, octubre 20, 2006

La humedad del milagro

Intimida a simple vista, sobre todo cuando se aplica perfume tras las orejas con ese leve, fugaz ademán de las mujeres elegantes (y como toda mujer elegante, carga en su bolso un frasquito). Pese a no ser alta irradia aristocracia, belleza, clase, carácter. Ni un pelo fuera de sitio (la melenita, de hecho, es un prodigio. Me moría por conocerla para comprobar que tiene ese aspecto de caoba pulida de las fotos). Basta intercambiar un par de frases con ella para desechar la primera impresión de una mirada fría y escrutadora, como traspasar la dureza del diamante y quedarte con los brillos. Así es Beatriz Espejo. Así es la prosa diamantina de Beatriz Espejo.
Nacida en el puerto de Veracruz el 10 de septiembre de 1939, en el seno de una aristocrática familia que le dio la materia prima para su primer libro de cuentos, Muros de azogue (1979), Beatriz desarrolló desde aquellos lejanos relatos el tema que más la inquieta, según escribe en el prólogo a sus Cuentos reunidos, “(…) la doble moral burguesa, errores que se cometen al disfrazar los hechos, ponerse una venda en los ojos y dar a las convenciones importancia inmerecida (…)” Asegura haber descubierto la literatura cuando, de viaje por Nueva York con sus padres, en casa de su abuela materna, se sintió irremediablemente atraída por sus libros e hizo acopio de ellos: Mujercitas, Vida de Santa Teresa de Jesús, Los caballeros de la tabla redonda, los poemas de Salvador Díaz Mirón, tú como paloma para el nido; yo, como león para el combate…. Se inició en la lectura sin que nadie la conminara a ello. A los doce años ya sabía que sería escritora y estudiaría Letras. Su mayor influencia sería la de Rosario Castellanos quien no obstante provenir de una familia adinerada se ganaba la vida con su escritura: “Don Javier de Icaza, maestro mío en la Facultad y protagonista de la novela Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes, publicó mi primer texto sobre Los días enmascarados, con buenas ideas pero muy mal escrito. A unos cuantos meses de distancia Juan Jose Arreola sacó La otra hermana en sus Cuadernos del Unicornio, así que en plena adolescencia me sentí escritora profesional, saqué una revista, El rehilete, en 1959, conformada por puras mujeres, y desde entonces no paro”, me cuenta. Fue a través de esta revista que se inició en el periodismo entrevistando, entre otras figuras, a Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Su padre, no obstante la imagen de machos dominantes de los patriarcas de sus cuentos, asegura Beatriz, no era machista. Nunca conoció la discriminación en su propio hogar: “Soy feminista a mi manera, siempre lo he sido porque así nací”, expresa con sencillez aunque destilando carácter por todos sus poros.
Del mismo modo que la Marilyn Monroe de su extraordinario relato “Marilyn en la cama”, la doctora Beatriz Espejos se disfraza de lo que la gente quiere ver en ella, una señora fifí, para empuñar la pluma. No experimenta rubor ante su condición femenina, harto reveladora en su escritura que es, indudablemente, escritura de mujer, “el mundo de las mujeres es mi mundo. Entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Tampoco se preocupa por esconder que proviene de la alta burguesía; no le preocupa en lo absoluto. Cuenta, sin embargo, con una faceta académica (es investigadora de tiempo completo en la UNAM), que la acaba de hacer merecedora al Premio Universidad Nacional en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. En su faceta como crítica literaria ha escrito un estudio clásico sobre quien fuera su profesor favorito en la Facultad, Julio Torri, voyeurista desencantado. La temática de su literatura pudiera despertar prejuicios, hacer que se la juzgue frívola pues la mayoría de sus protagonistas son bellas damas preocupadas por la línea que se desenvuelven en ámbitos exquisitos. Otro detalle recurrente en la narrativa de Beatriz Espejo, no obstante, es la irrupción del elemento corruptor, perverso, sucio, feo, que altera el orden y pone en jaque a la belleza. Parecería, incluso, que Beatriz disfruta del desacato, de las alfombras manchadas con excremento de niña, de la palabra fuera de lugar que estropea irremediablemente la velada romántica. Tales incidentes, que no alteran sin embargo esta prístina prosa que honra el apellido de su autora, son los que anulan la falsa impresión de frivolidad, como en los relatos incluidos en Alta costura (1997), Premio San Luis Potosí 1996. A manera de homenaje a Inés Arredondo, Beatriz plantea en “Don´t try this home” la atracción más bestial que erótica que sobre una distinguida transeúnte de Central Park ejerce un vagabundo negro y sudoroso, cuyas obscenas señas casi la hacen perder la compostura: “(…) tu bolsa cayó al suelo y rodaron hasta los pues del mulato tu polvera de plata y algunas monedas brillantes al sol. Te agachaste para recogerlas. Él se agachó también. Por un instante creíste que las tomaría y saldría corriendo. Te asombró que te las entregara con una mano grande y morena de largas uñas. Las aceptaste avergonzada, a punto de pedirle que guardara el dinero. Casi le rogaste que te acompañara…” (Cuentos reunidos, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 196). Del mismo libro, “Una mujer altruista” pone en relieve la paciencia de santa de una dama de alcurnia que no puede darse el lujo de estrellar contra la pared a la monstruosa hija de su mucama, a pesar de sobrarle los motivos. En el conmovedor relato que da título al libro, asistimos al amoroso empeño de la modista rusa que confecciona la mascada que estrangularía absurda y fatalmente a Isadora Duncan. “Los delfinios blancos”, que dedica Beatriz a su esposo de muchísimos años, el legendario y temido crítico literario Emmanuel Carballo, es pura belleza. Pero la belleza, parece decirnos la autora, no es vacío, es todo: “(…) Los críticos desatentos me inscribirán en el realismo mágico que ha cosechado sus mejores frutos. Sería una equivocación; cualquier escritor que imite a otro se corta el cuello de antemano. Quise divertirme con el realismo milagroso (las cursivas son mías), convencida de que suceden milagros en torno nuestro aunque muchas veces no los advertimos.”
Vajillas de Limoges. Candelabros de bacarat. Juguetes de Sévres. Vajillas blancas y tersas como la leche sobre manteles de granité. Penélopes que confeccionan ajuares de novias que no están seguras de usar algún día. Piezas clave de la decoración de los relatos de Beatriz que, como ella misma explica, se aferran a la naturaleza patria ahora que nos avasalla la globalización, aunque esto es más exacto para describir sus dos primeros libros, Muros de azogue y El cantar del pecador (1993) y se difumina en Marilyn en la cama y otros cuentos (2004), más apegado a la contemporaneidad. En Muros… y El cantar…se aprecia lo que Beatriz denomina “realismo milagroso” y su tono asemeja el de la niña de “El ansia de volar”, incluido en Muros y cuyo pragmatismo es “digno de primeros ministros”. Beatriz Espejo narra las leyendas familiares con la convicción de que se trata de fantasmas tangibles, de prodigios domésticos, como ha dicho ya, más apegada al concepto de milagro que al de magia. “Mis personajes femeninos, ficticios o autobiográficos, llegan a mí como un detonante. Algunos pertenecen a mi infancia, adolescencia y juventud o a edad madura; otros, fueron tomados de las historias familiares que oí contar. Retomados por supuesto por la imaginación y la fantasía. "El cantar del pecador" partió de una historia de Xalapa que trajo consigo "El ángel de mármol" cuya estructura es una trenza con dos puntas abiertas, dos posibles finales; sin embargo en cualquier caso cargan algo entrañable, risueño y doloroso. Me identifico con ellos, y con sus protagonistas, incluso con las que fui, puesto que el mundo de las mujeres es mi mundo, entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Pero en medio de las visiones, del temor a Dios y las tardes cayendo en picada sobre el malecón, una adolescente descubre el poder de su feminidad y juega despiadadamente con la turbación que sus piernas provocan en su profesor en “Una mañana de abril”: “(…) y el alma se le va en un hilo sin sonrió con las piernas cruzadas metidas en tobilleras color carne que me llegan hasta las rodillas y presumo un fuego dorado que mantengo sobre el pecho (…) El tiempo está excelente y sólo los abuelos se quejan de la moral contemporánea.” (Cuentos, p. 70). La perversidad y la inocencia conforman una masa uniforme y preciosa en los relatos de Beatriz, tanto que resulta imposible distinguir una de la otra, más aún, concebir la una sin la otra. Y a esta característica tan típica de la prosa espejiana se aúna la asombrosa capacidad de pintar con la palabra, de recrear auténticos cuadros de costumbres y preciosos paisajes. Algunos párrafos son genuinas tarjetas postales, pincelazos más que verbo: “(…) al final del malecón –se lee en “El cofre”-, y más allá rumbo al cementerio, la arena se torna oscura y apeñuscada por el golpeteo de las olas, el mar se junta con el cielo y los ojos de los hombres no contemplan sino un misterio negro.” Como el tío Jesús del relato del mismo nombre incluido en Muros, Beatriz tiene vocación por lo fugaz y trabaja con materiales diáfanos como la gracia del ángel, el vuelo del pájaro, la fragilidad de la rosa… el optimismo de las solteronas y las brujerías de las ancianas bellas. Su relato “Marilyn en la cama”, incluido en el libro del mismo nombre, nos enfrenta a una Marilyn Monroe insospechada: desmaquillada, borracha, embarazada, hinchada… muerta. Cadáver de cuyo dedo gordo del pie cuelga una etiqueta; pie cubierto de grietas y callos, conmoviendo y lo mismo asqueando a una joven periodista que no cree que esa cosa sea la diosa del sexo de Hollywood. Una Marilyn al borde de la obesidad que sudaba profusamente a consecuencia de su adicción por la Benzedrina y al Nembutal y por lo mismo, apestaba. Un relato donde la maestría para graduar de horror a la belleza se desborda ya sin recato: “(…) Tuve una muñeca que perdí. Todavía la recuerdo medio carcomida del rostro, repugnante como mi madre.” (Cuentos reunidos, p. 229). Cada relato de Beatriz, no importando su longitud pues ha explotado también los textos hiperbreves, son auténticas piezas de orfebrería que parecen más bordados que escritos; un muy evidente delirio por la perfección, por la autocrítica tiránica, por la belleza. Es por esto y no por otra cosa que ha publicado poco a pesar de haber escrito mucho. Pese a haber incursionado en prácticamente todos los géneros literarios, incluyendo la dramaturgia, de la que publicó una obra escrita cuando fue alumna de Luisa Josefina Hernández titulada “La luna en el charco” en la revista Estaciones, solo se ha atrevido a publicar sus relatos en forma de libro, aunque en sus cuentos reunidos está incluido un relato que pudiera leerse como novela fragmentada titulado Todo lo hacemos en familia, que retoma y las condensa admirablemente las características de sus cuentos.
Beatriz Espejo fue acreedora a diversos reconocimientos tales como el Premio Nacional de Periodismo (1984), el Magda Donato (1986), el Nacional de Narrativa Colima (1993), el de Veracruzana Distinguida (1997) y a la Medalla al Mérito Literario (Yucatán, 2000). Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y del Colegio de México. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus cinco libros de relatos se hayan completos en Cuentos reunidos. Actualmente trabaja en su sexto libro de relatos que, asegura, es el más ambicioso.

viernes, octubre 13, 2006

La sonrisa tras el velo

…Con mi pequeña colección de libros, era como una emisaria de un país que no existía, que llegaba con un repertorio de sueños para proclamar aquel otro país que era su patria…
A.N

Leer “Lolita” en Teherán, de Azar Nafisi (El Aleph, 2003, traducción de Ma. Luz García de la Hoz) me trajo a la mente una brillante aseveración del autor catalán Albert Sánchez Piñol: “Las influencias no son aquellas que lees, sino aquellas que te leen” No puedo evitar mencionar cuan reflejada me vi en este relato, que en apariencia nada que ver conmigo ni con cualesquier mujer occidental, pero me vi y me leí en los insomnios de la autora, en su necesidad de atrincherarse con una dotación de libros para no llorar, para no morir y, sobre todo, en la toma súbita de una decisión de ahora o nunca. Nacida en Teherán en diciembre de 1955, Azar Nafisi padeció la dictadura religiosa del ayatola Jomeini y su ominoso sucesor. Pertenece pues a la generación de mujeres que nacieron libres y se vieron de pronto, en la edad madura, despojadas de sus más elementales derechos; aquellas que, como la propia Azar, se manifestaron contra Vietnam y a favor de la revolución cubana, dominaron la jerga revolucionaria y fueron amantes del cine ruso. Eso sí, “(…) nunca abandoné la costumbre de leer con placer a autores contrarrevolucionarios: T.S Eliot, Austen, Plath, Nabokov, Fitzgerald, pero hablaba apasionadamente en los mítines; inspirada por frases que había leído en novelas y poemas (…)” (p. 121). Universitarias, ejecutivas e intelectuales debieron arrebujarse, de la noche a la mañana, tras un velo y renunciar a simplezas como tomar helado en público (y Azar es fanática del helado de café con almendras), pintarse las uñas o los labios y mostrar un mechón de cabellos. La violación de cualquiera de estas prohibiciones podía costarles desde una paliza hasta la cárcel: “Vivir en la República Islámica es como tener relaciones sexuales con un hombre que aborreces –le dice Azar a Bijan Naderi, su esposo – (…) si te obligan a acostarte con alguien que te disgusta, dejas la mente en blanco y finges estar en otra parte, tiendes a olvidar tu cuerpo, detestas tu cuerpo. Eso es lo que hacemos aquí, hacer constantemente como que estamos en otra parte (…)” (p. 424).
Azar es hija de Ahmad Nafisi, un ex alcalde de Teherán y de Nezhat Nafisi, primera mujer en ser elegida para el parlamento iraní. Ahmad era popular por su encanto y su vasta cultura, también por su tendencia a la insubordinación. Dicho fue el cargo por el que permaneció cuatro años encerrado, hasta eso, en la biblioteca de la cárcel: insubordinación, palabra que obsesionaría a su hija, aunque en el caso de su padre solo hubiera sido la manifestación de su ardorosa admiración por los franceses durante un discurso salpicado de Chateaubriands y Víctor Hugos con el que recibió al General de Gaulle, no muy simpático a los ojos del sha: “Siempre lo recordaré: insubordinación; después de aquello se convirtió en una forma de vida para mí” (p. 71). Fue su padre quien la inició en las letras, el primer narrador que apareció en su vida, teniéndola por protagonista de todas sus historias. Fue él quien le leyó a Rumi, Hafez y Khayam, entre otras glorias iraníes de las letras, vetadas por el ayatola. Azar debe haber adquirido su pasión por la literatura inglesa durante su etapa de estudiante de secundaria en Lancaster, Inglaterra, aunque cursaría su carrera universitaria en la Universidad de Oklahoma donde se graduaría como doctora en Literatura Inglesa y Norteamericana. Por la época del golpe al sha Reza Pavlevi, occidentalizador de Irán, Azar ha fungido como maestra de su especialidad en la Universidad de Teherán por casi dieciocho años, pero es también, y sobre todo, una apasionada de su asignatura. Sólo semejante pasión puede ser transmitida, más aún, contagiada, de tal suerte que sus alumnos terminan sintonizados en su exacta frecuencia, aún los más renuentes a dejarse seducir por la cultura occidental. Aún después del golpe de Jomeini, la maestra se las ingeniará durante un tiempo razonable para mantener la dinámica de la clase, sorteando a los vigilantes de la moral que acechan en los pasillos de la universidad, de tal suerte que comienza a probar el agridulce gusto de la clandestinidad. Los problemas surgen en 1981, cuando Azar se rehúsa portar el velo, el cual ha sido acatado sin chistar por sus colegas. No comprendo cómo es que Azar desafió tan graciosa y airosamente a los policías del régimen, no solo al repudiar el velo sino en muchas otras oportunidades. ¿Será que su dignidad apabullaba a quienes pretendían imponérsele? No fueron pocas las mujeres que desafiaron la tiranía de Jomeini, aunque algunas como Yassí, alumna de Azar, ni siquiera se propusieron transgredir para terminar en prisión. ¿Su delito? Cualquier tontería ameritaba una retahíla de azotes, cuando no la muerte, desde mordisquear “inadecuadamente” una manzana hasta despertar la lascivia de un hombre santo que responsabilizará al objeto de su deseo de sus pensamientos inmorales. ¿Cuántas mujeres no pagaron con el fusilamiento el ser hermosas y deseadas? Y si la hermosa era además virgen, antes de pasar al paredón debía ser violada simultáneamente para impedir su entrada en el cielo: “Lolita pertenece a una categoría de víctimas indefensas a las que nunca se les concede la oportunidad de contar su propia historia. Como tal, se convierte en una víctima doble: no sólo le arrebatan su vida, sino también la historia de su vida (…) todos los asesinos, y todos los opresores, tienen una larga queja contra sus víctimas, sólo que pocos son tan elocuentes como Humbert-Humbert.” (p. p 66 y 69).
Azar prefiere pues renunciar a su trabajo que llevar velo. Lo denigrante del velo es su carácter impositor que significa, asimismo, la imposición de una religión, la imposición de las ideas. Irónicamente la abuela de Azar sufrió por lo contrario: musulmana convencida, se veía impedida para portar el velo, prohibitivo durante el gobierno liberal del sha Reza Pavlevi. Criada en el laicismo, Azar se niega, como su abuela, a admitir que decidan por ella, y como la mayoría de las mujeres iraníes goza intensamente cualquier acto subversivo, por insignificante, por íntimo que sea, como pintarse las uñas de los pies, por ejemplo. Pero terminará asqueada de las exhaustivas inspecciones a que son sometidas las mujeres que ingresan al campus, a quienes se les revisan incluso los colores que portan en su ropa interior, mientras que los varones van y vienen a placer, sin dar cuenta de nada. Su único consuelo y mayor acto de subversión, es el club de lectura que ha formado en su casa y al que acuden sus más entusiastas alumnas a analizar la obra de Nabokov, Jane Austen o Henry James. Todas llegan ante su puerta arrebujadas para, una vez adentro, arrancarse histriónicamente el velo y transformarse en chicas normales que visten jeans, se rizan el cabello y admiran a Madonna. Pero sus visitas a la doctora Nafisi no sólo les permite ser quienes son en realidad y engullir todo el helado de café con almendras que quieran, sino sobre todo adquirir conciencia crítica a través del fervor literario. A través de héroes, heroínas; anti héroes y anti heroínas en el caso de Nabokov, se vuelven conscientes de la injusticia de la que son objetos, a manos de una horda de hombres y mujeres fanatizados, irracionales, armados a bordo de Toyotas, prestos a azotar sin piedad a cualquier chica que deje expuesto un trozo de piel o un mechón de cabellos: “Una gran novela nos agudiza los sentidos y la sensibilidad ante la complejidad de la vida y de los individuos y no permite que nos dejemos llevar por el puritanismo que ve la moralidad en fórmulas fijas de Bueno y Malo (…) He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna (…)” (p. p 181 y 436).
En medio de aquella atmósfera opresiva, justo el día de su renuncia en la universidad, Azar es asaltada por un terrible presentimiento que la fuerza a parar en la librería más próxima de la que sale agobiada de libros de EM Forster, Heinrich Böll, Rilke, Hammet, Chandler, Agatha Christie y Dorothy Sayers, entre otros. Dicho establecimiento será clausurado al poco por el régimen. No tardaría en desencadenarse el bombardeo irakí, como si no fuera bastante con los tiranos locales; a las loas se suman las enloquecidas sirenas y la necesidad de correr (a las mujeres se les exige dormir envueltas como momias para proteger su pudor de los ojos del invasor, en caso de perecer bajo las bombas), y Azar logra apaciguar su miedo avituallada de libros que lee con el auxilio de una vela, con solo un camisón. Es durante aquella época que Azar decide profesionalizarse en la escritura y empieza a escribir crítica literaria, de donde surgiría el ensayo Anti-terra: a critical study of Vladimir Nabokoc’s novels. “Durante aquellas noches de sirenas rojas y blancas, diseñé inconscientemente mi futura carrera. A lo largo de las interminables noches de lectura, me concentré sólo en la ficción y, cuando empecé a enseñar de nuevo, descubrí que ya había preparado los dos cursos sobre la novela. A lo más que me dediqué durante los quince años siguientes fue a enseñar literatura y a meditar y escribir sobre ella (…) si un sonido pueda guardarse entre las páginas igual que una hija o una mariposa, diría que entre las de mi Orgullo y prejuicio y las de mi Daisy Miller está escondida, como una hoja de otoño, el sonido de la sirena roja.” (p. 247).
Una sociedad que ha prohibido la lectura de los grandes poetas nacionales y asesina arteramente a sus intelectuales por no endulzar lo suficiente el oído del gobernante en turno, sin contar la fatwa decretada contra Salman Rushdie, difícilmente puede albergar mucho tiempo a una mujer como Azar, por más empeño que ponga en pasar inadvertida. No solo se niega a llevar el velo a la universidad, también a realizar en secreto sus citas con su mejor amigo, un intelectual al que denomina simplemente “mi mago”, relación que pudiera fácilmente a prestarse a malos entendidos pero de la que hasta Bijan está enterado. En una ocasión, mientras Azar y su mago conversan y toman café en una pastelería, son forzados a separarse ante la acechanza de la patrulla de la decencia que sancionaría al propietario del local como descubriera que un hombre y una mujer que no son marido y mujer comparten una mesa. Es entonces que Azar se dice a sí misma: “Me voy de aquí, ya no soporto esta vida”. Probablemente se lo ha dicho muchas otras veces, pero nunca con tanta claridad y firmeza como entonces. Su esposo, próspero ingeniero, decide seguirla junto con sus dos hijos, Negar y Dara. No será fácil, nada fácil empezar de cero en un país occidental… pero nada más difícil que sobrevivir a la constante violación de los más elementales derechos humanos. El 24 de junio de 1997, Azar y su familia marchan con rumbo a los Estados Unidos. Actualmente imparte cátedra en la Universidad John Hopkins: “(…) seguí mi camino con alegría, pensando en lo maravilloso que es ser mujer y escritora a finales del siglo XXI” (p. 437). Nunca perdió el contacto con sus alumnas, muchas de las cuales siguieron su ejemplo y salieron de Irán. De su mago no volvió a saber nada, y no porque le haya suplicado que lo olvidara (¿olvidarlo?, si es a él a quien están dedicadas estas líneas), sino porque él mismo le ha pedido que no de señales de haberlo conocido alguna vez, por seguridad de ambos. Naturalmente, Leer Lolita… está proscrito en Teherán, pero como bien señala Azar en una entrevista con Robert Birnbaum, “cuanto más prohíban algo, más interesante se vuelve para la gente…” “La falta de empatía era, en mi opinión, el pecado principal del régimen y aquel del que surgían todos los demás”, se lee en la página 293.
Si te interesa el tema, te invito a echarle un vistazo a Orhan Pamuk, autor turco galardonado con el Nóbel de Literatura y en cuya magistral novela Nieve, se aborda, entre otras cosas, el conflicto de las mujeres entre usar o no usar el velo: http://www.jornada.unam.mx/2006/10/13/a03n1cul.php

viernes, octubre 06, 2006

Rebelión en el harén

Fatema Mernissi ha dado en el clavo: la diferencia básica entre musulmanas y cristianas, consiste en que el velo de las segundas es invisible. El velo, sabemos bien, es la restricción impuesta a las mujeres en el Islam, símbolo de sujeción a la dictadura patriarcal y durante todo este tiempo hemos sido lo bastante ingenuas para vanagloriarnos de nuestra “liberación” y compadecer a nuestras hermanas veladas, pero… ¡oh sorpresa!: “Mientras los ayatolas consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que las señalan y marginan (…) Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! (…) (El harén de Occidente, Espasa, Planeta Colombia, traducción de Inés Belaustegui Trías, p. 245). El ayatola de nosotras, las occidentales, es, pues, la anorexia… y nuestro extremismo, la moda.
Más de uno ha expresado su sorpresa ante el hecho de que esta feminista y socióloga musulmana que compartiera el Premio Príncipe de Asturias con Susan Sontag en 2003 haya optado por permanecer en su país de origen, alejada de los privilegios y libertades de las que tanto nos jactamos en Occidente, aunque leyéndola, particularmente El harén de Occidente, se despeja la incógnita. Nacida en Fez, Marruecos, en 1940, nada menos que al interior de un harén, Fatema no comparte nuestra noción de “libertad” ni entiende nuestro raro afán por divorciar la belleza de la inteligencia, virtudes que, según la cultura musulmana, no pueden existir por separado: “A diferencia de los califas –escribe Fatema-, como Harún al-Rasid, que confundían belleza con educación sofisticada y que estaban dispuestos a desembolsar sumas astronómicas para contar siempre con alguna jarya (esclava) inteligente en sus harenes, la mujer ideal de Kant es la que no abre la boca (…)- y cita textualmente a Kant: “A una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica funciones fundamentales, como la marquesa de Chatelet, parece que no le hace falta más que una buena barba.” (p. 107). Pero su horror hacia la esclavitud de las occidentales, a quienes se impone la pasividad de las ideas como norma de belleza, alcanzará el cenit cuando, curioseando en los grandes almacenes de Nueva York, Fatema descubre que sus caderas no caben en la talla más grande disponible en la boutique, la 38 (equivalente al 7 ó 30 mexicano): “Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo –continúa Fatema, apoyándose en sus lecturas del feminista Pierre Bordieu –cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres accidentales de hoy, con estudios y formación, se encuentran en la misma tesitura de las esclavas de un harén (…) ¡Gracias Alá por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! (…)” (p. 251).
Fatema Mernissi aterriza en Occidente para desmentir los mitos en torno a las musulmanas (la propia Oriana Fallaci exhibió su ignorancia cuando las denominó “cretinas” por “dejarse esclavizar”), también para reflejarnos a los occidentales o cristianos en el espejo crítico de su mirada. Espejo, hay que decirlo, no opaco sino lleno de ternura y simpatía por sus congéneres oprimidas por la dictadura de la talla treinta y ocho. Su novela Sueños en el umbral, memorias de una niña el harén (Quinteto, Muchnik Editores, 2002, traducción de Ángela Pérez) derriba una a una las creencias occidentales sobre lo que es un harén, que en la vida práctica no es otra cosa que una comuna donde conviven varias familias emparentadas directa o indirectamente. Ya en la década de los cuarenta, cuando Fatema nació, la tradición del señor que acumulaba cuantas esposa le fuera posible mantener empezaba a caer en desuso, por lo menos en Marruecos. Yasmina, la abuela materna de Fatema, convivía con diversas co-esposas, no así la hija de esta y madre de Fatema, quien no sólo era la única mujer en la vida de un esposo que la veneraba, sino que además abominaba con toda su alma la poligamia masculina. La madre de Fatema soñaba para sus hijas una vida emocionante y feliz, y “(…) una mujer feliz es aquella que podía ejercer toda clase de derechos, desde el derecho a moverse hasta el derecho a crear, competir y retar y, al mismo tiempo, sentirse amada por hacerlo (…)” (p. 84). El mecanismo del hogar de Yasmina, no obstante, resulta mucho más civilizado y práctico que el que impera, por ejemplo, en América Latina, donde el adulterio y la violencia intrafamiliar son pan nuestro de cada día. La solidaridad entre co-esposas resulta ejemplar para una sociedad como la nuestra donde se fomenta la rivalidad y la competencia femenina. Estas mujeres que suponemos retrógradas y reprimidas no compiten entre sí, se embellecen mutuamente en los hamman o “baños públicos”, exclusivos para uso femenino. Todo lo anterior no significa que estas mujeres no soñaran con traspasar los muros de su prisión, porque por más armonía y risas que hubieran dentro, el hogar de Fatema era exactamente eso, una prisión férreamente custodiada, no por eunucos sino por un portero casado y con cinco hijos (las mujeres, por cierto, envidiaban a la esposa de este porque salía a trabajar). Se idealizaba incluso los privilegios de las mujeres occidentales, de quienes se tenía noticia a través de las imágenes de Greta Garbo y Claudette Colbert: “(…) Yo crecería en un reino maravilloso –decíase la pequeña Fatema, con los tupidos rizos peinados en trenzas y enfundada en un vestido y zapatitos occidentales – en que las mujeres tendrían derechos, incluida la libertad de abrazar a sus maridos todas las noches. Pero aunque Yasmina lamentaba tener que esperar ocho noches para yacer junto a su esposo, añadía que no debía quejarse demasiado porque las esposas de Harun-al Rasid, el califa abasí de Bagdad, habían tenido que esperar novecientas noventa y nueve noches, porque él tenía mil jaryas, o esclavas” (p. 43).
Las mujeres que desfilan por Sueños en el umbral; las abuelas, la madre, las tías, las primas, las esclavas, son de una inteligencia abrumadora y sensual, y todas, sin excepción, se complacen en cometer pequeños o grandes actos subversivos en los que muchas veces participan los niños y hasta los jóvenes varones, como montar obras teatrales edificantes sobre heroínas de la cultura islámica, todas transgresoras y revolucionarias, como por ejemplo la feminista egipcia Huda Sha’ raoui, muy hermosa por cierto, que se arrancó el velo en 1919 para manifestarse junto con sus seguidoras contra los británicos y exigió la aprobación de una ley que determinara como edad mínima los dieciséis para contraer matrimonio (ella fue casada a los 13). Esta heroína, creadora de la Unión Feminista Egipcia hizo ver a otras naciones árabes que recién habían adquirido su independencia, la pertinencia del sufragio femenino y la participación política de las mujeres. Increíblemente, el país pionero en la inclusión de las mujeres en la política y en admisión las universidades, fue Turquía, como bien apunta la propia Fatema en El harén de Occidente: “(…) El porcentaje de alumnas inscritas en carreras de ingeniería en países musulmanes como Turquía y Siria era el doble que en los países europeos de mayor tradición democrática, tales como el Reino Unido y Egipto es mayor que en Canadá o España (…)” (p. 35) A pesar de la Shari’a, ley inspirada en el Corán e impuesta por los extremistas en el mundo islámico, mujeres como Benazir Bhutto en Pakistán, Toncu Schiller en Turquía o Megawatti en Indonesia han sido erigidas presidentas y primeras ministras, algo casi impensable en gran parte del mundo occidental y libre. Las turcas pueden votar desde 1921. Trece mujeres habían sido elegidas para el Parlamento en 1935. En medio de todo esto, es importante dejar claro que la opresión de la mujer no es distintiva del Islam, sino del extremismo. Toda musulmana es educada bajo un fuerte sentido de igualdad que, como bien apunta Fatema, constituye la virtud fundamental del Islam. A las musulmanas no se les enseña a esperar al príncipe azul como a nosotras, sino a trabajar desde el intelecto para merecerlo. No recuerdo haber leído una mejor definición del feminismo universal que esta: “(…) Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites. Cuando se aprende a disfrutar de los vaivenes del diálogo se pueden gozar de situaciones en el que el resultado de la contienda no está fijado de un modo rígido ni se conoce de antemano quién ganará y quién perderá…” (p. 64).
Una de las mayores diversiones dentro del harén, particularmente para Chama, la tía divorciada de Fatema, es desafiar al pobre hombre de la entrada que con sus manazas debe capturar constantemente a las prófugas, procurando no lastimarlas. No solo no debe dejarlas salir solas, además se le encomienda escoltarlas cuando salen a la calle para que los intrusos no reparen en los largos cuellos y anchas caderas de las Mernissi, belleza de la que la madre de Fatema tanto se ufana, particularmente desde que su marido le empezó a leer al feminista egipcio Qacem Amin, quien aseguraba que la razón por la que los hombres insisten en esconder a sus mujeres es que les tienen miedo porque su sola belleza les provoca vahídos. La tía Chama sencillamente no tolera el encierro y alberga sueños de grandeza y libertad que comparten con la pequeña Fatema. La teoría de Chama es que un montón de mujeres atadas a un árbol por las trenzas son capaces de arrancarlo de raíz. Por otro lado está tía Habiba, presa irremediable del hem (especie de melancolía exclusiva de las mujeres que las deja pensativas), quien no obstante ser la cara opuesta de Chama aporta una inolvidable lección para Fatema: “(…) una mujer podía ser absolutamente impotente y aún así dar sentido a su vida soñando con volar (…)” (p. 157). La reclusión, lejos de atrofiar la inteligencia de estas mujeres, les brindó la oportunidad de consagrarse a la reflexión y a la imaginación. Las volió conscientes de sus alas y del poder que otorga el desplegarlas. Cada una de ellas, y muy particularmente Fatema, dejó florecer a la Scherezada que ardía en sus corazones. Escribe en El harén de Occidente, cuyo título original es Scheherezade goes best: “Schrezade enseña a las mujeres que la única arma eficaz que poseen es desarrollar la capacidad intelectual, adquirir conocimientos y ayudar a los hombres a despojarse de su necesidad narcisista de imponer una heterogeneidad simplificada. Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites.” (p. 64). El harén, pues, poco tiene que ver con las orgiásticas fantasías de Ingres y Delacroix; no hay odaliscas regordetas y desnudas, fumando hachís, correteando o entregadas al solaz etílico o erótico, prestas a los caprichos de su señor. Hay, en cambio, mujeres en pantalón jugando a la pelota en los patios y caracterizando vampiresas en obras de teatro domésticas y subversivas.
Fatema Mernissi es, además, una de las más grandes autoridades en estudios coránicos del mundo. La totalidad de su obra está encaminada al estudio sociopoético de las musulmanas, tanto heroínas como intelectuales y mujeres comunes. En El harén político (1987) destaca el importante papel de las nunca citadas esposas de Mahoma, tan desdeñadas como nuestras heroínas bíblicas, mientras que en el libro de entrevistas Marruecos a través de sus mujeres (1991) destaca historias de campesinas, saurinas, obreras y criadas. Otro tema muy recurrido en su literatura es la necesidad, en el marco de la globalización, de establecer un intercambio cultural entre naciones, partiendo de la figura de Simbad, como en Un libro para la paz (El Aleph, 2004). Como deja asentado en su discurso de recepción del Príncipe de Asturias: “En la civilización del cowboy el extranjero siempre es el enemigo porque el poder y la gloria proceden del control de las fronteras; en la de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece.” Aunque estudió ciencias políticas en La Sorbona, Fatema Mernissi ha desempeñado toda su labor académica en su natal Marruecos. Es doctora en sociología por el Institut Universitaure de Recherche Scientifique de la Universidad Mohamed V de Rabat, de la que actualmente es docente. Se desempeña asimismo como asesora de la UNESCO. Su nombre figura en el Grupo de Sabios para el Diálogo entre Pueblos y Culturas.

lunes, septiembre 25, 2006

Nostalgia de octubre

A Verónica Ortiz le arrebataron el 68. Un marido celotípico y brutal la tenía bajo siete llaves mientras un contingente de estudiantes que tendrían más o menos su misma edad, edad también de Alejandra Ballesteros, 18 años, estaban siendo masacrados en Tlatelolco. Estaba a salvo ahí, en su prisión de ama de casa, cierto, pero muchas veces es preferible el riesgo voluntario, que es el que Verónica deseaba correr al lado de todos aquellos jóvenes, que una salvación no pedida. Por eso Alejandra, de quien nos dice Paco Ignacio Taibo “es un personaje medio mensón, vehemente pero medio atontado”, desafía el autoritarismo de su padre, el General Ballesteros, nada menos que uno de los artífices de la matanza… el que hizo con su esposa, la madre muerta, ¿ausente?, de Alejandra lo mismo que le hicieron a la propia Verónica y, anteriormente, a la madre de Verónica, porque fue la violencia intrafamiliar lo que empujó a la hoy escritora a los brazos de un hombre que terminaría haciéndola víctima de peores maltratos de los que huía: “Nosotros también sufríamos una forma de encierro por parte de mi padre que era muy celoso y me di cuenta de que la única salida era el matrimonio –explica Verónica-. En aquel momento tengo 17 años. Me sigo escapando, dejo de tolerar los límites y la censura, sostengo una lucha por la libertad responsable y hay un pendiente mío en ese momento por el 68.” Este es el origen de la novela No me olvides (Planeta, 2006), donde Verónica salda la que considera su cuenta pendiente con el 68.
Conocí a Verónica Ortiz Lawrenz, pionera en México en abordar frontalmente la sexualidad humana en los medios de comunicación (fue durante muchos años conductora del programa Taller de sexualidad, por Canal 11), cuando presentó su primera novela, Sobrevivientes (Planeta, 2003), donde retrata en forma descarnada el modus vivendi de los niños callejeros del Brasil, eventualmente exterminados como plaga durante maniobras de “limpieza” de las llamadas Guardias Blancas, asunto sobre el que se enteró y en el que se metió de lleno, curiosamente, durante unas vacaciones en Río de Janeiro. Rubia, enérgica, nerviosa, Verónica disertó ante los reporteros sobre el particular, trémula de indignación pero sobria y bien plantada. Me maravilló la forma en que su sensibilidad la fortalecía en vez de vulnerarla. Ignoraba entonces su dramático pasado del que, como su personaje de Alejandra, tuvo que escapar por una ventana y el cual no sacó a relucir hasta la publicación de la que sería su segunda novela, No me olvides. Entre este libro y el anterior publicó Mujeres de palabra, entrevistas con escritoras (Joaquín Mortiz, 2004), trabajo que potenció su vocación primaria. Las escritoras nacionales, señala Verónica, reciben un doble menosprecio porque en México no se consume lo que el país produce. El lector mexicano no tiene como primera opción a un autor mexicano, y si es mujer, menos. “Hace mucho que escribo. Escribía mis propios guiones para televisión. Poesía también, pero jamás la he publicado porque soy tremendamente autocrítica y estoy convencida de que nunca la voy a publicar. Llevaba rato con la idea de darme tiempo para escribir la novela sobre el 68. Salía entonces de una experiencia muy delicada, muy dura: estuve con Rosario Robles (jefa de gobierna del Distrito Federal, relevo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1999) en una aérea donde se generaba el contenido de discursos y se ordenaba un poco lo que sucedía en la ciudad porque el PRI nos dejó un vacío y mi función era recuperar dicha información. Después empecé a ver los cambios de Rosario, no me gustaron y me retiré… y yo ya había dejado todo por este proyecto político en que creí sinceramente. Me dije que era momento para rehacer a Verónica Ortiz, y me puse a escribir…”
No me olvides parte de la experiencia personal de la autora, porque la nostalgia de lo no vivido ni experimentado es una huella en el vacío, vivencia que fácilmente puede transformarse en frustración si no se le procesa con inteligencia. Aunque la mayoría de los personajes son ficticios, ningún otro libro sobre el tema ha desarrollado en forma tan clara ni tan accesible las maquiavélicas circunstancias que dieron pie a los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968, quizá por tratarse del primer libro pensado en lectores que no los vivieron. Para reconstruir los hechos, Verónica recurre a una serie de lecturas que debidamente citadas en los agradecimientos: La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska; Días de guardar de Carlos Monsiváis, Los días y los años de Luis González de Alba, La estrella de Tlatelolco de Álvarez Garín, Rehacer la historia de Carlos Montemayor, Parte de guerra de Julio Scherer García. El lector se percata, entre otras cosas, de que los estudiantes, universitarios en particular, se volvieron objeto de sospecha y persecución varios meses antes de que se desencadenara la matanza, contaminando la atmósfera pre olímpica de malos augurios. “Lo que pasa –dirá uno de los personajes –es que en el gobierno están más perros precisamente por las Olimpiadas. Mejor para nosotros. Van a ceder, van a soltar a los presos, a (Demetrio) Vallejo. Ya viste la bola de periodistas extranjeros, hay un chingo haciendo preguntas por todos lados. En el gobierno no son tan estúpidos. Para que quieren a toda la universidad en huelga antes de sus pinches olimpiadas.”
Alejandra ha permanecido lejos de México desde niña, en un internado del extranjero. Su graduación y posterior retorno a la residencia familiar coincide con el año clave de la novela. Su padre, el General Ballesteros, es un personaje contradictorio que al mismo tiempo que pretende mantenerla recluida (no considera menester que acuda a la universidad, ¿para qué si pronto se casará?, con alguien elegido por él, naturalmente), salvo sus muy custodiadas asistencias a clases de francés y algunos paseos insípidos, le impone ejercicios bárbaros como prácticas equitación de madrugada para que pierda su terror a los caballos. “El General Ballesteros es la figura paterna por excelencia de la época –señala Verónica-. Es el general torturador, que hubo muchos en ese entonces y, ojalá me equivoque, sigue habiendo; era un momento en que los generales estaban muy cerca del poder, tenían puestos públicos. Ahora no hay esa mezcla del poder con los militares, pero en esa época había muchos, y además muy ávidos. Corona del Rosal, por ejemplo, quería ser presidente. Hay otro personaje, Gutiérrez Oropeza, del Estado Mayor Presidencial, muy cercano a Díaz Ordaz, paranoico, muy violento, muy limitado en sus percepciones de todo tipo y que va a ser un ascendente importantísimo en las ideas de Díaz Ordaz, y al que Echeverría utiliza con una habilidad muy particular que, con los años, fuimos viendo más. Echeverría era el principal contendiente del General Corona del Rosal por la presidencia, y en ese sentido tenemos una atmósfera de sucesión presidencial que va a determinar muchas de las cosas que sucedieron en el 68 y derivaron en el aniquilamiento de grupos importantes de jóvenes… no solo la muerte sino el aniquilamiento en muchos sentidos.”
Siempre escoltada de quien considera su única amiga, su nana, Alejandra no tardará en experimentar el deseo de desplegar sus alas, mirar el mundo con sus propios ojos y describirlo con sus propias palabras, particularmente cuando durante una frugal salida a la farmacia, debidamente vigilada por su nana (quien, es evidente, siente verdadero terror por el general), tiene su primer encuentro con el encantador Santiago, un universitario idealista de cabellos rizados que resultará su vecino. Respecto a Santiago, el personaje más entrañable y trágico de No me olvides, Verónica nos dice que es simbólico porque representa al joven promedio que surcó aquellas calles, hoy ensangrentadas, exigiendo justicia; atacado, muchas veces, por la espalda: “(…) Lo único que pedimos, que los jóvenes piden, es democratizar los espacios, que se respeten los votos, las elecciones (…)” (p. 108) “Está claro que más del 70% de este país son jóvenes-señala Verónica-, quiere decir que si el 68 sucedió hace 38 años, los jóvenes actuales no solo no lo vivieron sino que lo han ido olvidando, porque la historia oficial mantiene un silencio constante sobre hechos tan importantes y fundacionales como este.”
Aunque en un principio supuse que Verónica se estaría desdoblando en Alejandra y en la madre de esta, María Luisa, de ascendencia alemana, la autora me revela que María Luisa, la esposa torturada y desaparecida del General Ballesteros, a quien se le monta una tumba ficticia para esquivar las insistentes dudas de su hija, es un poco su propia madre. Una clase de mujer más común ahora que entonces pero que, a la luz de los hechos parecía destinada a despertar. El 68 fue un año decisivo también para la liberación femenina, el parteaguas, dice Verónica, de muchas cosas, “por primera vez gran cantidad de gente de todos los niveles socioeconómicos estuvieron en la calle defendiendo la no represión hacia los jóvenes, un asunto que tenía que ver con justicia y democracia. La gente cansada de gobiernos priistas, violentos y represores, sobre todo el de Díaz Ordaz. La mujer empieza a liberarse de muchos atavismos, está estudiando ya, tiene nuevas posibilidades de libertad, de igualdad con sus compañeros. Están Simone de Beauvoir, la píldora anticonceptiva… es un momento clave para el feminismo, de la necesidad de la mujer por integrarse a otras áreas que le han sido restringidas por la sociedad.” Como bien dice el personaje de la China en la página 164: “Yo creo que cualquier lucha a donde no va la mujer es más lenta.”
Alejandra no es, todavía, una joven concientizada. Ni siquiera sabe exactamente quien es su padre. Su imaginación no le alcanza para concebir las torturas y vejaciones sexuales a las que el General Ballesteros somete a los jóvenes capturados. El principio del fin de su inocencia estará marcado por el hallazgo de unas fotografías donde su madre, a la que ha creído muerta desde hace muchos años, aparece con huellas de torturas… fotografías que la propia María Luisa se tomó para denunciar el crimen de su marido. Poco a poco Alejandra despertará, en un principio, influida por Santiago, que de algún modo se prestará de Lazarillo, prestándole sus ojos comprometidos, y le hará ver la importancia de su participación en la mega protesta que involucró prácticamente a toda la sociedad civil. Como Sobrevivientes, No me olvides tiene un final abierto que sin embargo pudiera juzgarse de “feliz” pues se trata de la oportunidad que la vida le brinda a Alejandra-Verónica para hacer algo más que escurrirse por la ventana: es su bienvenida como mujer… mujer libre.
“Necesito de la palabra escrita –dice Verónica-, pero no sé que sigue después. Siento que soy mucho como en medio de algo, entre los que generan y los que reciben la noticia. Estoy ahí en medio, por eso pienso que la palabra “comunicadora” no es mala, porque es un puente entre quien recibe y hace los mensajes.” Verónica Ortiz admira a J.J Coetzee; aguarda con ansiedad las dos nuevas novelas de Rosa Beltrán y dice regresar eventualmente a su libro de cabecera: Madame Bovary. Le interesan además las autoras que están planteando su propia realidad en diferentes partes del mundo, la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo y la poeta mexicana Verónica Volkow. Actualmente, Verónica es asesora cultural del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer del Colegio de México y columnista de la revista independiente Emeequis.

domingo, septiembre 24, 2006

De como una doncella creó el oficio de escritor

Si las mujeres hubieran escrito los libros,
estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma
porque ellas sabes que se les acusa en falso.
C.P
Épistre au dieu d´amours (1399)

Había una vez una doncella sumamente afortunada llamada Cristina. No, no era una princesa, pero hubiera podido pasar debido a la crianza a la que se hizo acreedora gracias a la privilegiada posición de su padre, Tommaso de Pizzano, nada menos que el astrólogo del rey Carlos. Veneciano de origen, don Tommasso había llegado a aquel palacio a orillas del Sena, llevando de la mano a una encantadora criaturita, su hija, que conquistó a los cortesanos con su simple presencia. Nacida en Venecia en el año 1364, Cristina, al igual que su padre, modificaría su apellido para integrarse de lleno a la corte francesa, y el italiano “de Pizzano”, que significa “oriundo de Pizza”, se transformó en “de Pizán”. No obstante, su futura escritura manifestaría una gran influencia italiana, concretamente de Dante, su escritor más amado.
Sobre su padre escribiría la doncella, atribuyéndole dicho comentario a Derechura, personaje creado por ella misma: “Tu padre (Cristina), gran sabio y filósofo, no pensaba que por dedicarse a la ciencia fueran a valer menos las mujeres. Al contrario, como bien sabes, le causó gran alegría tu inclinación hacia el estudio. Fueron los prejuicios femeninos de tu madre los que te impidieron durante tu juventud profundizar y extender tus conocimientos, porque ella sólo quería que te entretuvieras en hilar y otras menudencias (…) (La ciudad de las damas, Siruela, Traducción de María José Lemarchand, 2001, p. 199). Del rey Carlos no podía tener Cristina la menor queja, mucho menos de su consorte, la reina Juana de Borbón que la trataba con afecto de madre. En aquel ambiente no encontró Cristina la menor dificultad para consagrarse a su mayor pasión: el estudio de las letras, la cual llevó a cabo sin sobresaltos (como no fueran los llamados a cenar de su madre a quien le asustaba que su hija no se limitara a las lecturas pías) en una casa cerca del Palacio de Saint-Pol, una de las residencias de los Valois en París. No extrañen tales aficiones en una doncella cuyo padre era hombre de ciencia y cuyo abuelo materno era nada más y nada menos que el anatomista Mondino de Luzzi. Pasaba sus días y sus noches revoloteando en la cada vez más nutrida Bibliotéque Royale, ligeramente escandalizada con el retrato que de las mujeres hacían sus autores favoritos y con los cuales no se sentía identificada en lo absoluto, pues de tonta no tenía un pelo, y de frívola, menos. Por si todo lo anterior no bastara, la doncella contrajo matrimonio a los quince años, por decisión propia y no en un compromiso arreglado como solían ser la mayoría, con el notario del rey, de veinticuatro, Etienne du Castel, que además de apuesto jamás le estorbó en su pasión por las letras, más aún, le enseñó su oficio, por lo que Cristina terminaría convertida acaso en la primera abogada de la historia. Sobre su amado esposo, diría Cristina a través de Derechura: “(…) Hay maridos malos, pero los hay honrados, excelentes y prudentes. Las mujeres que se los encuentren han nacido con buena estrella y deben agradecer al cielo tanta felicidad. Esto lo sabes muy bien (Cristina) por tu propia experiencia porque tuviste tan buen marido que no podrías haber elegido otro mejor (…)” (p. 171).
Como se ha leído entre líneas, el haber recibido muchas más bendiciones que el común de las mujeres de su tiempo, no impidió a Cristina sensibilizarse ante las penurias de sus congéneres, por lo que desde temprana edad enfocó todos sus esfuerzos, tanto artísticos como intelectuales, a mejorar las condiciones de vida de las mujeres, víctimas de una serie de prejuicios ancestrales que las condicionaban a la eterna sujeción y a un enclaustramiento estéril, es decir, desprovistas de esos elementos de superación personal que son los libros. Todo lo anterior hace de nuestra doncella la primera feminista de la historia, aunque el término se haya acuñado hasta mediados del siglo XIX, en Inglaterra. Cada vez más inconforme con la imagen que de sí misma pretendían devolverle sus autores amados, particularmente los griegos (Ovidio y Aristóteles, por ejemplo), Cristina se dedicó a buscar en sus mismas lecturas a mujeres ejemplares cuya mención bastara para revertir los malignos estereotipos de la feminidad y sin duda debió maravillarle descubrir, a través de Horacio, que al morir Platón encontraron bajo su almohada los cantos de Safo, como bien deja asentado en La ciudad de las damas, considerada su obra emblemática, no traducida al inglés y holandés sino hasta finales del siglo XX. La primera traducción al español, dada a conocer hasta el XXI, se la debemos a Marie José Lemarchand, quien en sus notas a la edición que nos ocupa nos sorprende al aseverar que si bien procuró modernizar el texto sin desvirtuar su sentido original, tuvo que omitir términos que nos sonarían excesivamente modernos. A este libro, le seguiría El tesoro de la ciudad de las damas (1405), libro de consejos para mujeres.
La diosa Fortuna, a la que Cristina alude con el mismo resentimiento con que nos referiríamos a un amigo ingrato, habría de jugarle una mala pasada: muere su poderoso protector, el rey Carlos, cuyos sucesores, si bien no la reprimieron, tampoco le prestaron mayor atención. A continuación vendría el deceso de su amado padre y, tras diez años de dichoso matrimonio, la peste que asoló a París en 1389 se llevaría a Ettienne dejando a su viuda desconsolada y desprotegida, con dos niños a su cargo. La viuda del notario habría de ingeniárselas para sacar adelante a su prole o, como dice no tan metafóricamente en uno de sus poemas: “(…) de mujer me convertí en varón/ por la fortuna que así lo quiso/ así me transformó ella, cuerpo y espíritu/ en un hombre natural, perfecto…”, y lo único que sabía hacer era escribir. En ese sentido, Cristina de Pizán sería precursora en más de un sentido pues en una época en la que todavía se estilaba que el autor dictara a un secretario o escriba, esta dama medieval cogería ella misma la pluma y se retiraría a una habitación a escribir sus propios textos, es decir: cuatro siglos antes de que Virginia Woolf reflexionara sobre la necesidad de que la mujer creadora tuviera un espacio personal de creación, Cristina ya se había hecho de uno. Esto, en cierto modo, hace de ella también una editora. A decir de Banca Garí, Cristina es la primera escritora feminista porque es la primera que escribe desde la experiencia de su cuerpo de mujer. Pero hay más: Cristina de Pizán se convertiría en el primer escritor profesional de la historia, es decir, el primero en obtener ventajas económicas de su talento. Con ella se funda un rincón del hogar desconocido hasta entonces: el estude. Dice Lemarchand: “(…) el “estudio” de Cristina corresponde también a una innovación arquitectónica que marcó un nuevo estilo de vida para una sociedad que empezaba a valorar la privacidad. Hacia finales del siglo XVI se va aislando del resto de las salas del castillo al menos una cámara donde retirarse (…)” En esa reclusión escribiría Cristina La ciudad de las damas, publicada por primera vez en 1404.
En la citada obra, dividida en tres libros, una agobiada Cristina que empieza a sentirse avergonzada de su propio sexo tras estudiar concienzudamente las versiones que sobre él aportan los autores, es visitada por tres distinguidas damas: Razón, Derechura y Justicia. Ellas la invitan a participar de la construcción de la ciudad de las damas, y mientras Cristina levanta fortalezas, sus nuevas amigas refrescarán su memoria respecto al interminable desfile de féminas, reales y ficticias, que contradicen a los autores misóginos: artistas, heroínas, santas, reinas, inventoras, etcétera. Un recurso muy semejante al que emplearía nuestra Sor Juana en Primero sueño y Sombra fugitiva, dos siglos después: “Anda- le dice Derechura a Cristina, arquitecta de la Ciudad de las Damas-, mezcla con tinta este mortero y usa sin reparos esta argamasa, porque yo te proveeré con gran cantidad de ella y gracias a la virtud divina, avanzando a grandes trazos a tu bien templada pluma, pronto acabaremos la construcción de los altos palacios y hermosas mansiones, donde podrán residir siempre las damas de gran fama y mérito a quienes van destinadas.” (p. 155).
Pero la labor a favor de su oprimido sexo no se restringió al terreno escrito: Cristina echó mano a los conocimientos de derecho legados por Ettienne para defender, hasta donde le fue posible, a las mujeres víctimas de lo que hoy llamaríamos “violencia doméstica”. A decir de Lemarchand se convirtió en una “campeona”, según el concepto medieval que pudiera entenderse, en términos posmodernos, como defensora de los derechos humanos. Se convirtió en una polemista muy admirada que desde el púlpito, al estilo clerical, exhortaba a los hombres a valorar el potencial de sus mujeres y aprender a verlas como lo que realmente eran: sujetos y no objetos: “(…)si la palabra femenina fuera tan despreciable y de tan escasa autoridad como pretenden, jamás hubiera permitido nuestro Señor que fuera precisamente una mujer quien anunciara su Resurrección; así lo hizo con María Magdalena el día de Pascua, cuando le ordenó que llevara la noticia a Pedro y a los demás apóstoles. ¡Bendito seas, Dios mío, por haber querido que, además de los infinitos dones con los que colmaste al sexo femenino, fuera una mujer la mensajera de tan extraordinaria nueva!” (p. 85). Cristina fue, además, la más apasionada defensora de una valerosa doncella caída en desgracia: Juana de Arco. Fue además la primera biógrafa de la santa en vida de esta, titulada Dechado sobre Juana de Arco, mientras languidecía en una mazmorra, condenada a la hoguera. En dicho libro, publicado en 1429, se lleva a cabo un diálogo entre la doncella y la dama que la consuela y agradece su acto patriótico que nadie ha sabido comprender, y podría ser interpretado por un genuino tratado feminista. La ciudadanía es uno te los temas en los que más profundiza este texto, haciendo alusión a la represión de los poderes eclesiásticos y monárquicos, que dificultaban sobremanera que una mujer desarrollara un criterio propio, por lo que había que valerse de los resquicios que acusaban dichas leyes. Para entonces Cristina, ya recluida en un convento donde prosiguió su incansable labor literaria, reflexionaría sobre la enorme ventaja que representa la reclusión para una mujer de genio. A veces el convento era preferible, particularmente para las que, como Cristina de Pizán, deseaban cultivar el espíritu y el intelecto, dos entidades fuertemente vinculadas en su tiempo. “Dios les ha dado (a las mujeres) (…) una hermosa inteligencia que puede aplicar si quieren, a cualquiera de los campos donde se ejercitan los hombres más ilustres. No son ni más ni menos accesibles para ellas, si quieren estudiar y ganarse la fama con un trabajo honrado.” (p. 12).
Todo lo anterior no significaba que fuera ciega a los vicios y defectos de ciertos ejemplares femeninos, como sería el caso de Isabel de Baviera, a la que si bien pondera en La ciudad de las damas, junto con otras contemporáneas como sería la pintora Anastasia, ilustradora oficial de los libros de Cristina, posteriormente increpará públicamente cuando la soberana organiza un gobierno rival al de su hijo, traiciona a su esposo con el Duque de Orleáns y se adhiere a la causa de los borgoñeses que era casi tanto como aliarse con los peores enemigos de los franceses: los ingleses, contra quien se emprendería la llamada Guerra de los Cien Años: “(…) no me ocuparé de las mujeres malas porque no representan la naturaleza femenina, sino su perversión.” (p. 172).
Del mismo modo que los autores ofrecían sus obras moralizantes a las damas de alta alcurnia como una forma de invitarlas a enmendar su conducta, Cristina de Pizán ofreció La ciudad de las damas al duque de Borgoña y a Juan sin Miedo, esperando hacerles reflexionar sobre su errónea postura respecto al sexo femenino. Otro enorme logro de nuestra heroína, no obstante su enaltecimiento a las damas disfrazadas de caballeros y de frailes que emprendieron hazañas propias de un varón en los terrenos bélico, intelectual y espiritual, fue que nunca recurrió al travestismo para hacerse escuchar, admirar y respetar. Sus sermones, se dice, eran tan intensos, bien argumentados y geniales, que ningún varón se atrevió a rebatirla jamás. Los lectores actuale podrán cuestionarle su excesivo énfasis en nombrar la castidad femenina como una de las mayores virtudes, pero leámoslo a la luz de su tiempo y no del nuestro, donde existe la posibilidad de evitar embarazos y enfermedades venéreas: las relaciones sexuales no hacían sino acarrearle problemas, cuando no verdaderas tragedias, a las mujeres. Y los problemas, sabemos bien, no hacen sino distraernos del trabajo intelectual.
Autora de un tratado militar que habría de impresionar vivamente a Enrique VIIII de Inglaterra, Libro de los hechos de armas y de caballería, Cristina realizó asimismo traducciones de obras varias y redactó manuales didácticos, que en buena medida contribuyeron al sustento de su familia. Fue además copista. Entre sus obras se cuenta Cartas de la querella de la novela de la rosa (1398-1402), donde airada pero firmemente rebate los conceptos misóginos de Jean de Menú, autor de La novela de la rosa, romance del siglo XIII, por lo que habría de convertirse, otra vez, en la primera polemista y crítica literaria. Cristina de Pizán moriría en 1430, en el monasterio de Poissy. Durante algún tiempo parte de su obra fue atribuida a Giovanni Bocaccio, hasta que en 1786 se recuperó la autoría de los quince volúmenes de los que consta su obra completa.

jueves, septiembre 14, 2006

Guardiana del Edén

Escribir duele. Entume la mano. La sangre corre caliente por el brazo, sube al corazón; las palabras surgen enojadas…
LC
Viéndola parece mentira que solita haya desafiado a los demonios: frágil hasta lo etéreo, mirada entre cansada y dulce, nimbada por insólita aura de paz. Lo primero que pensé al conocer a esta mujer de expedita sonrisa fue que sería capaz de abarcarnos a los mexicanos defraudados en un abrazo y consolarnos, pasando por encima de su propio miedo… porque el valiente lo es en la medida que se reconcilia con su miedo. Sólo quien se ha familiarizado y comprometido con el dolor de los demás puede mirar en la forma en que lo hace esta posmoderna heroína que ha expuesto públicamente a unos magnates pederastas que controlaban una red internacional de pornografía infantil… y ha vivido para contarlo. Armada solo de palabras y de verdad, Lydia asegura no trabajar con la violencia sino con la paz. Me dice también que últimamente ha aliviado su alma leyendo a Eduardo Galeano, y me lo dice con la tranquilidad de quien no tiene deuda alguna con la justicia, mucho menos con la vida.
Lydia Cacho Ribeiro nació el 12 de abril de 1963, en la ciudad de México, aunque radica en Cancún, Quintana Roo, donde dirige un centro de atención a mujeres víctimas de la violencia doméstica (CIAM) que fundó hace dieciocho años, trabajo que, asegura con un aleteo de sus asombrosas pestañas, le fascina. Aquí ha aprendido que la justicia existe, después de todo, pues el 99% de los casos han tenido un feliz desenlace, y cuando no, ha ayudado a las víctimas de empezar de cero en países lo bastante lejanos para ser alcanzadas. Hija de una portuguesa de nombre Paulette que realizó trabajo de campo en los ámbitos más sórdidos y peligrosos, entre “chavos banda”, Lydia aprendió que la mejor manera de darle significado a la propia vida es contribuyendo a la felicidad y bienestar de los demás. Lo anterior la llevó a ejercer el periodismo de derechos humanos, sin descuidar su labor al frente del centro ni su pasión por la literatura “que me persigue desde el Colegio Madrid”. La fusión de ambas pasiones desembocó en la escritura de la novela Muérdele el corazón (Plaza & Janés, 2006), originalmente publicada por Demac bajo el título Las provincias del alma (2003), es decir, se trata de un trabajo previo al reportaje Los demonios del Edén, mismo que la ha hecho acreedora al XIV Premio Nacional de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo y a la admiración unánime de miles de lectores en el mundo, pero también a la persecución de políticos como Mario Marín, gobernador de Puebla, que hizo arreglos para su encarcelamiento en complicidad con el poblano Kamel Nacif, amigo y socio del pederasta por ahora encarcelado en Arizona, Jean Succar Kuri, empresarios ambos de origen libanés. Escribiría Blanche Petrich en La Jornada del 14 de febrero de 2006, refiriéndose a la divulgación de la grabación de la llamada telefónica en la que Marín y Nacif se ponen de acuerdo para destruir a la periodista, depositada en la recepción del citado diario por manos anónimas: “Nacif Borge, con voz rasposa y lenguaje vulgar, refiere a lo largo de las conversaciones cómo, mediante amistades y contactos dentro del Cereso poblano, “recomendó” que encerraran a Lydia con “las locas y las tortilleras” para que fuera violada cuando ingresara a prisión; cómo se obviaron los trámites legales de notificar a la periodista del proceso que se seguía en su contra, “porque si no, no llega a la cárcel”
Más adelante, continúa Blanche Petrich, dando voz a Lydia, quien más que detenida fue prácticamente secuestrada: “En cuanto ingresé al Cereso me pasaron a un área de revisión. Una custodia joven me ordenó desnudarme completamente. Fue muy humillante, pues no había puerta y solo un plástico nos dividía de donde estaban los judiciales. Hacía mucho frío y empecé a estornudar. De pronto me dijo la celadora: “¿Usted es de la tele, verdad? Tenga mucho cuidado, porque la van a violar”. En su espanto, Cacho sólo acertó a preguntar: “¿Cómo?” Ingenuamente, la policía entendió literalmente la pregunta. “Pues con un palo”. Pero le recomendó: “No se preocupe, póngase a estornudar, hágase la muy pero muy enferma para que me la pueda llevar a la enfermería”. En ese momento entró al área la jefa en turno de custodias. “Me di cuenta –relata Lydia Cacho- que intercambiaron señas y miradas. No se me va a olvidar nunca el nombre de esa mujer. Entre las dos me tomaron de los brazos y empezamos a avanzar por un corredor. Al fondo había tres custodios hombres. Se adelantaron y empezaron a forcejear con las custodias, tratando de llevarme a otro sitio. Ellas resistieron, la jefa les dijo que iban por medicina y luego me entregaba con ellos. Corriendo alcanzamos la puerta de la enfermería. Una vez ahí adentro me aseguraron que no me entregarían, me tranquilizaron, me dejaron descansar y cumplieron su palabra de mujer. No dejaron que me violaran.” Lo anterior demuestra el grado de vulnerabilidad de los periodistas mexicanos ante los poderosos (México ocupa el segundo lugar, por debajo de Colombia, de crímenes contra periodistas) que parecieran gozar de impunidad absoluta; demuestra asimismo la clase de demonios a los que se enfrenta Lydia y a quienes la propia Constitución, contra lo tan cacareado por la demagogia oficial, protege al no establecer garantías para el oportuno ejercicio de la libertad de expresión de los periodistas que, cuando no asesinados, son encarcelados bajo el cargo de “difamación”.
Lydia, que goza por lo pronto de libertad condicionada, ve publicada su novela Muérdele el corazón, donde aborda la historia de Soledad, una mujer infectada de VIH Sida por su esposo. Lydia construyó este personaje con retazos de muchas mujeres, contaminadas la mayoría por su propio cónyuge, a las que ayudó, alentó y orientó. Que incluso murieron en sus brazos pues Lydia propició además la creación de un albergue para enfermos de VIH, dado el desprecio con que siguen siendo tratados en la salud pública. Soledad deja de ser Soledad… deja de ser una mujer, un ser humano, para transformarse en “cama número siete”: “(…) Ya las enfermeras de la clínica habían comentado que es política del Seguro dar antirretrovirales, pero no hay presupuesto federal para el tratamiento específico del sida. Según una de ellas, al gobierno no le conviene que se mueran pronto los pacientes, mantenerlos vivos resulta muy costoso (…) Tal vez tengan razón; aunque resulta un poco simplista la causa por la que no entregan antirretrovirales en las clínicas del gobierno, en lo personal creo que es más bien porque no hay una política pública realista sobre la cantidad de personas que viven con el virus de inmunodeficiencia, o con sida. Si los del Conasida me preguntaran si hay sida en mi hogar, ni loca que lo admito públicamente. A lo mejor por eso en nuestro país no hay estadísticas, porque si las hubiera tendríamos que confrontar la realidad, y la negación es un activo nacional.” (p.p 76 y 77).
Soledad es el ama de casa promedio. Esposa de un hotelero de Cancún, maestra de primaria, madre de un niño y de una niña. Su vida transcurre en una tranquila domesticidad, algo que pudiera llamarse “felicidad”, hasta que una serie de síntomas fisiológicos la colocan ante la brutal realidad: su esposo le ha sido infiel y le ha transmitido el virus del sida. Lejos de ser un caso aislado, la realidad es que las amas de casa han pasado a encabezar las estadísticas de portadores del virus en América Latina, por encima de drogadictos, homosexuales y prostitutas. El virus se ha instalado en la sagrada intimidad de la familia, dejando a su paso un reguero de huérfanos y propiciando una nueva generación de bebés que nacen contaminados. El machismo, aunado a un analfabetismo sexual que nuestras máximas autoridades parecen empeñadas en perpetuar al vetar la educación sexual en las escuelas, es la explosiva mezcla que continuará deshaciendo familias enteras.
Ante tan terrible circunstancia, Soledad inicia la escritura de un diario a través del cual no sólo se desahoga sino que reflexiona, cada vez más profunda y profusamente, respecto a sí misma, a su situación y a quienes le rodean, como su esposo (que no alcanza a desarrollar la enfermedad); su suegra feminista, que feminista y todo no logró desviar a su hijo de las influencias de un medio ambiente que insiste en hacer creer a los varones que pueden practicar impunemente su sexualidad; Carmina, su querida mejor amiga, que concluirá el relato por ella, y sus dos hijos que presencian la consunción de una madre otrora atlética: “(…) No escribo este diario para trascender, como los autores de quienes les hablo a las y los alumnos; escribo para sobrevivir, para mantener esta frágil mente equilibrada, para no dejar a las ideas perderse en la vorágine de la depresión que está guisándose en mi alma. Escribo para no morir. Para saber que aún no he muerto.” (p. 56).
Lejos del melodrama, Muérdele el corazón (el título es un verso de Jaime Sabines) muestra el proceso de maduración y conscientización de una mujer que, paradójicamente, se fortalece conforme su cuerpo se va corrompiendo. Soledad se percata de circunstancias que no la inquietaron mientras estuvo sana, su verdadera posición dentro de la sociedad, familia y la pareja. Ha adquirido la madurez necesaria para perdonar a su esposo, quien por otra parte pasará de ser un personaje odioso al más conmovedor, y es que, como la propia Soledad comprende finalmente, Carlos ha sido víctima como ella misma; víctima de una sociedad que ejerce la doble moral y nos regatea información en nombre de un catolicismo torcido que ha engendrado más demonios que ángeles: “(…) la sapiencia producto de la educación formal y religiosa puede ser un lastre para la tolerancia (…)” (p. 73). Soledad, por otra parte, adquirirá consciencia de la marginación social hacia los “diferentes”, concretamente los y las homosexuales, al experimentar en carne propia la discriminación que le cierra todas las puertas, sobre todo en el aspecto profesional. El desconocimiento latente de este mal da pie a una serie de prejuicios y creencias ridículos, como suponer que la sola presencia de un seropostivo puede resultar contagiosa. Todo lo anterior lleva a Soledad a leer a Marcela Lagarde, importante autora feminista mexicana de quien la propia Lydia se declara discípula y amiga. Tanto Soledad como Carlos adquieren consciencia de género; ella, a través de sus lecturas y conversaciones con otras mujeres conscientizadas como Carmina quien, como la propia Lydia, saca fuerzas de la indignación, y su maravillosa suegra, quien es justamente quien la introduce a la lectura de Lagarde; él, a través del sufrimiento infringido a su compañera y sus equívocas nociones de masculinidad y la exigencia social de ostentación de la misma. No se trata de un castigo (como lo considera la dama redentora, salida de la nada, de donde vienen los que carecen de vida interior, que insiste en visitarla para leerle la Biblia) sino de una lección. Finalmente, los hijos aprenderán a través del dolor, que si bien es la vía menos deseable es, a fin de cuentas, una oportunidad para no repetir errores: “¿Quién sabe qué decirles a dos criaturas tan pequeñas acerca de la muerte, del sida, de la monogamia, de los condones en el matrimonio?” (p. 91).
Lydia ha visto a mujeres morir de sida… a niñas asustadas ante las amenazas de un hombre que dijo ser su benefactor y terminó violándolas, prostituyéndolas y filmándolas: “No es un caso fácil –me confesó Lydia durante nuestra primera entrevista-. Vivimos en una sociedad adormilada que no mueve un dedo y este problema involucra a decenas de niños de hasta cinco años, mayoritariamente mujercitas; a policías y a políticos corrompidos, y a redes de narcotráfico y pornografía infantil. No es la trama de una película en cartelera, es un drama real.” Los demonios del Edén es un libro que arranca lágrimas de indignación, incluso gritos; que pinta de cuerpo entero a una sociedad que se ensaña con las víctimas y justifica a los violadores en nombre del dinero y el poder. Los niños y niñas que tuvieron el valor suficiente para señalar a su corruptor, Jean Succar Kuri, así como a su “distinguida clientela” entre quienes figuraban políticos y empresarios, incluso señoras respetables, fueron señaladas a su vez en las calles de Cancún y tildadas de “putas”. Junto con Lydia, el ángel que ha hecho algo más que prestarles el hombro para que lloren sobre él, han sido víctimas de toda clase de vejaciones. Ella, mientras aguarda el siguiente movimiento de los enemigos que han pretendido callarla por todos los medios, trabaja en su siguiente proyecto periodístico donde expondrá los mecanismos a través de los cuales unos empresarios mexicanos se dedican a vender personas, concretamente mujeres colombianas, venezolanas y cubanas que trabajan principalmente en los table dance de Monterrey y que sin duda le acarreará nuevos enemigos. No obstante lo anterior, Lydia confiesa que lo que en verdad desea es escribir una novela sobre el amor… como si no hubiera expuesto su vida justamente por eso, por amor.

Lee las últimas noticias del caso Lydia Cacho en el periódico La Jornada
http://www.jornada.unam.mx/2006/09/14/008n1pol.php
http://www.jornada.unam.mx/2006/09/14/008n1pol.php